Un Alma de Otros Tiempos

Con un nombre sin sentido y como perdidos en el tiempo llegaron esos ojos café a este mundo. Sus padres, almas de diferentes raíces, se habían encontrado en un punto eterno de manifestaciones y comparsas que les permitió amarse sin limitaciones. Aglahé creció entre la gente de su padre y nunca sintió la necesidad de entender las vivencias de su madre. Disfrutó una infancia alegre y una adolescencia incomparable. Se convirtió de una niña precoz en una mujer risueña y vivaracha.

Una tarde, husmeando entre escritos y libros de su madre, notó una cajita en forma de libro que se asomaba tentadora en una repisa de la biblioteca. Un tesoro de esa madre que vivía entre los sueños y los personajes de sus escritos. Aquella que le había enseñado que en la vida no hay imposibles y que los límites son credos por nuestros miedos. La abrió y para su sorpresa encontró unos documentos y una medalla con los ojos de Santa Lucía.

Cuando miró los ojos café de la medalla, se adentró en ellos. Sentía que el piso se movía y la biblioteca daba vueltas. Aglahé cayó en una especie de trance, sin saber que le pasaba. Sentía sus manos sudar y su cuerpo temblar. En la lejanía veía una luz y escuchaba una voz dulce que la llamaba con ternura. Entonces su cuerpo dejo de temblar y se transportó hacia una época pasada. Donde al parecer, a nadie le llamaba la atención su presencia. Solo una joven, de su edad, le miró y sonrió.

Aglahé la siguió de lejos, hasta las puertas de una capilla pequeña y desolada, donde la joven se deslizó directamente bajo los pies de una estatua. Luego de varios minutos la misma tomo vida. Suavemente tomo la barbilla de la joven entre sus manos y con voz maternal le dijo – no te desesperes. Sigue tu corazón y embárcate en ese viaje de sueños y aventuras. Siempre recuerda escribir para otros las palabras que vives y nuestras pláticas. Estas palabras resonaron en su ser.

Lentamente la joven se levantó y miró a Aglahé. La cual sintió que caía varios pisos al vacío escuchando de trasfondo esa voz que la llamaba con dulzura. Cuando recobró el conocimiento vio nuevamente esos ojos cafés de la medalla. ¿Hija, te encuentras bien? Si madre, contestó. Creo que viaje a tu pasado a través de esta medalla. No hija, solo visitaste tu alma en otros tiempos. Ese pequeño espejo que sostienes entre tus manos reflejó las vivencias de tus ojos.

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