Cuentos de un Alma Llanera VII

I

Luis Antonio decidió que era tiempo de alejarse antes de que más eventos fantásticos se manifestaran ante sus ojos. Ya él no sabía distinguir cuando lo que vivían era realidad o un simple capricho puesto en su camino para alejarlos de su misión. Una que sabían cerca, pero a la vez temían. Formarían su destino, pero a la vez cambiarían el destino de todo un pueblo que esperaban por ellos sin ni siquiera saberlo.

Esa sabiduría de que tantos habían escuchado y aventurado a buscar solo se sabía que daría la libertad a los oprimidos. Era la salida que esperaba su pueblo para regresar a sus años de gloria. Unos en los cuales sus ciudadanos caminaban libres por las calles sin miedo al anochecer. Mientras más se acercaba la noche, más pensaban en su cometido, aunque ya no tenían que esconderse para deleitarse de la luz de la luna.

Una luz que ya los cubría luego de otro día de arduo caminar. Un camino que cada día se hacía más claro y les regresaba la fortaleza y la fe en que su cometido era uno pronto a cumplirse. Por primera vez durante el viaje, sintieron que la noche era su aleada y no tuvieron miedo de las tinieblas que dejaron atrás en su llano. Ya se sentían uno con la tierra y la naturaleza que les servía de compañía.

Inés y Luis Antonio platicaban tranquilamente cerca de una hoguera que iluminaba la noche. El cielo estaba claro y la noche refrescante. El cabello azabache de Inés se movía suavemente y la hacía lucir más joven de lo que realmente era. Luis Antonio la contemplaba sin disimulo y ella no sabía como reaccionar. Se conocían desde niños y habían decidido que cuando tuvieran una oportunidad salvarían a su pueblo de las entrañas de la oscuridad. Eso si tan solo supieran donde encontrar la sabiduría para hacerlo.

De pronto, Luis Antonio cambio su mirada. Su rostro se tornó triste y ya solo miraba las llamas pequeñas de la hoguera. Inés sabía que la hora había llegado, pero no deseaba hacer ese momento uno más incómodo para ambos. Así, callados y tristes, permanecieron por unos minutos que para ambos se sintieron como un siglo. Sin más, Inés se levantó y camino hacia la hoguera. Volteó solo para ver a Luis Antonio una vez más. Con una lágrima en su rostro ella murmuró –hasta pronto- esto sin detener su andar.

CONTINUARA…

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